Alan González Salazar, corazón de novela y poesía pereirana


Este dramaturgo, escritor, poeta y autor, llegó al mundo en "La Perla del Otún" en el año 1987. Cofundador de la revista Polifonía y del Premio Nacional de Poesía Universitaria El Quijote de Acero. Actualmente culmina sus estudios universitarios en la Universidad Tecnológica de Pereira.


Publicó poemas en la antología Tocando el viento (Corporación Cultural Luna de Locos, 2012); Poetas del Gran Caldas (Revista Santo y Seña, Musa Levis, 2013) cuentos y ensayos en las revistas Agenda Cultural, Las Artes, suplemento literario del Diario del Otún, Polifonía y Luna de Locos.


Fue Premio Nacional de Novela Ciudad Pereira 2012, con la obra Anónimos. En 2022 publicó su más reciente obra, En este cuarto frente al mar.


La "Pereira" del poeta y escritor


Si me atuviera a la reseña que presentó el libro al público, a cargo de la gran Susana Henao, nunca hubiera sospechado la intensa poesía que recorre con su hálito esta novela. Su prolijidad exasperante de inmediato aligerada por el primor poético. El incipiente amor que cree estar listo para la coyunda.


Esa sabiduría tácita de los cuerpos biológicamente prestos. La tragedia que se ensaña en las pobres gentes por cortesía del homo homini lupus, desde el vámonos filogénico. Condenados a hallar un asidero de intertextualidad, me asalta la impecable adolescencia de Raymond Radiguet. Y no puedo dejar de sospechar las lecturas de Eduardo López Jaramillo y un hermoso guiño a Melville. Radiguet, en todas partes, cada frase una revelación, un zumo de vivencia y observación, novelas que encierran miles de poemas. Ya estaba en el viaje que Alan me proponía.


Y entonces la novela fluyó ante mis ojos. Y apareció la ciudad, con los ojos hostiles —detrás de ventanas y balcones— para los adolescentes (¿la Meca de sicarios? ¿Por qué se es un sicario y no nuestro narrador en primera persona, un luchador-contra-su-inercia a lo Julián Sorel?), los espacios de la biblioteca pública y la traqueteante casa de la juventud, con su sala de proyección propicia al deslizarse de los ansiosos dedos; los bares del centro (mi Korova), con su torva decoración en penumbra y su aire comprimido, la prístina laguna del Otún y la pesadilla de las escalinatas de La Churria -que se deja contar a lo McCarthy, hace palidecer a El Bosco y encierra más poesía que Pinares o los centros comerciales, la iniciación en la cerveza y en la nicotina y en la yerba.


El tiempo físico de Pereira. Esa sensación que no sé si se viva en otra parte, de seguro sí, pero la nuestra ocurre aquí mismo: la prisa que nos atosiga, la música que Ella nos destina sin que estemos aún preparados para interpretarla. Nunca preparados. Siempre de más: “Todo estaba allí antes de nuestra llegada”.


Justo el tránsito que sugiere Cecilia Caicedo: de lo rural —nunca bucólico— a lo urbano, la adolescencia de los que (casi) no cuentan. Sorprenderme leyendo una ciudad que fue (que es otra vez) la mía: el cadáver exquisito surrealista sobre el que pululan las mil feas moscas del vidente de Charleville. Cuando dos talentosos como Orlando Mejía y Rigoberto Gil extrañan —en una reciente conversación inédita— por escasas las novelas que conformarán la “ciudad literaria” de Pereira, por contraste con Bogotá y Medellín y Cali y por supuesto Manizales, de inmediato pienso y aduzco anónimos.


Pereira, mi Pereira a caballo entre su campo próximo, crudo y pobre, pero salpicado de bizarros altares como esa insólita biblioteca privada entre marchitas matas de plátano, y la postmoderna Pereira; poesía narrada con tratamiento estético de vanguardia en una Bildungsroman caótica, con una chica ya maestra de aquello que se supone va a aprender, y un muchacho de veras bisoño pero rimbaldiano, pintor de pincel detrás del pintor de pistola a sueldo de Pingüino, ambos evasores rurales en fuga libresca que dan en hallarse en la ciudad sin puertas cuando su precario equilibrio vital está a punto de romperse, redactores a cuatro manos por iniciativa de El de su origen y tránsito, en el que tal vez se lea la clave y el dibujo de su mutuo destino que siempre ronda el abismo y se socorre de las salidas de alivio sintomático y fondo ominoso, invita a la gente de aquí mismo a asomarse a estas ágiles y densas páginas que no defraudan y nos regalan el triunfo paradójico de los que no renuncian a buscar su lugar en el mundo. Solos.


Ultimo trabajo


Pablo Villa prologó al reciente libro de poesía del escritor, al cual describió de la siguiente manera:


"Dicen que la palabra ‘mar’ no suena igual en los oídos de un turista y en los oídos de un náufrago; gracias a la poesía, podemos decir también, que la ciudad es un mar. Alan González nos deja entrever en sus versos algunos vestigios de su navegar a través calles, cafés, cuartos, balcones y ventanas, noches y días, con sus lunas y soles.


Con el asombro de un turista recorre esa ciudad entre los límites de la realidad y la ensoñación y con la sensibilidad de un artista nos adentra en la intimidad de su «yo poético», de esa multitud de fantasmas que lo habitan, que naufragan entre la desolación y la belleza, pero que pasan también por el silencio que tiene que ser nombrado para que exista en el poema y aquí, ese silencio existe, como una atenuación de la melancolía.

«En este cuarto frente al mar» es un viaje profundo, un tour por la oscuridad y la luz, por el amor y la muerte, por el caos y la esperanza. Este libro es una aventura interior, olas de agua salada, mares y llantos, olas que suben y bajan con la misma fugacidad de un verso.


I


El agua inclina, “por ley de lluvia”,

persianas y párpados.

Espeja las avenidas

serpenteantes,

deslíe los muros de la pequeña ciudad.

Aprisiona el cuerpo en la maraña del sueño

¡Delicia del vértigo!

De la noche que persiste

al romper el alba

en cristales los astros

y fundir su luz uniforme,

su blancura de arena en el horizonte.

La carroza del sol se habrá perdido,

sin auriga, del calendario, del error del día.

Hoy

tiene prisa el olvido.

Hoy

no es posible el llanto.

A raudales, el agua sin fin,

de nubes que dejan las golondrinas de marzo ganar el cielo.


II


Vine a parar a este rincón de la ciudad

a ocultarme en algún recoveco absurdo

en medio de los andamios entrecruzados,

de las callejas por donde desaparece la gente,

en la geometría infernal de estos edificios.

Vine a confundir mi cuerpo entre las sombras

a ondular sobre el café

con un grito que apaga las estrellas en lo alto.


IV


Sobre innumerables aceras

se enfila la multitud, se atropella

con bolsas y paraguas y hay en su marcha regular

un pulso

de reloj de cuerda, de retraso crepuscular

a sus hogares en los extramuros.


¿Por qué, solo hasta ahora, me resulta equívoco el destino

de cada uno?

Siento el temblor de sus huesos

como cristales que gritan en la noche

cuando pasa el aire y los reclama

y deja su música de fondo

rodar en la consola

de algún café barato.


Fuentes:


  • Biografía del autor en la página de la Universidad Tecnológica de Pereira

  • DIARIO DEL OTÚN




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