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Denuncian abusos en reventa para ver al “Matecaña”


Escribe: CARLOS ALBERTO RICCHETTI*


Una vez más, los manejos de quienes hacen del fútbol un negocio lucrativo, apelando a la mística o la nostalgia cuando más les conviene, suelen irrumpir si las circunstancias lo exigen.


Quizás como nunca antes, Deportivo Pereira tiene la posibilidad de consagrarse campeón del Fútbol Profesional Colombiano por primera vez en su larga historia de sinsabores. Las posibilidades superan dos terceros puestos obtenidos: El de 1974 y el siguiente, con polémica, hace exactamente cuarenta años, en 1982.


Dejando de lado los rasgos de organización autárquica e inapelable de la FIFA, lo cual le confiere un carácter autoritario, excluyente -sin pretender que haga caridad, por supuesto, excepto para salvar la conciencia a la hora de vender más - como toda corporación busca la ganancia.


Su oscura filial colombiana, señalada en numerosas oportunidades de corrupta, con dirigentes ricos, ligas pobres -donde más allá de los ascensos de la B a la A, no existe nada serio- clubes privados -la mayoría sin estadio- a pesar de tener menor alcance, continúa empeñada en seguir jugando con la incondicionalidad del simpatizante, el único actor de un drama que no recibe beneficios, pero siempre paga.


Algo de poesía


En su ciudad del suroccidente colombiano, existe una institución de 78 años que hasta la hora en la cual se escribe esta crónica, nunca ganó títulos locales, aunque existan rumores de verdaderas derrotas sobre rústicas mesitas con ínfulas de escritorio. Igual a los lobos viniendo desde el sur, tampoco tiene dueño. Sí, muchos seguidores acostumbrados a efímeras subidas con caídas estrepitosas.


Los días previos comienzan en forma de vagones apostados en torno a la joya arquitectónica del Hernán Ramírez Villegas. Es un mundo de gente al sol, quizás bajo la sorpresiva lluvia, del consiguiente frío, tratando de comprar la ansiada boleta. Aunque las hileras estén salpicadas de un simpático tono amarillento con sangre, el común denominador es el de la pasión conducente al martirio.


El derecho a presenciar el espectáculo en los confines más económicos, pronto se desvanece. Los precios se disparan, maquillados de selección natural donde poder adquisitivo y riqueza, acuerdan abrirse las puertas. A los pobres, los desafortunados, les corresponde remar hasta obtener la última moneda dentro de una carrera de regularidades predispuesta. Caso contrario, deambular, ver de lejos casarse al amor de su vida, atravesar las escalinatas con rumbo incierto a la gloria, al acostumbrado fracaso.


Los comerciantes del sentimiento ajeno abren nuevas posibilidades, haciendo flaco favor. Es indistinto si los acaparadores son barras, mandaderos de dirigentes de fútbol, de autoridades municipales, regionales. ¿Quién podría ser mago para poder tener un millón de pesos y pagarlos, con tal de ver a su Súper Depor alcanzar la primera estrella del medio del Cielo, así toque apretarse un par de meses la correa?


Raspar la olla


Cuando la moral posee el más despreciable de los carteles de venta y hay compradores dispuestos a adquirirla, no se puede esperar algo distinto a otro juego de millonarios.


El verdadero encuentro a disputar es el del arte del disparo certero con potencia dispar, de trasladar el balón a través de saltos, cabriolas, malabares, conjugándose en entretenidas batallas donde no siempre se impone el mejor, contra el propósito espurio de presidentes de países, de clubes, representantes de jugadores, entidades poderosas. Saldrán airosos los primeros, si comulgan con los intereses de la organización devenida en árbitro supremo. Los segundos, ganarán siempre.


La contracara es el fuerte aumento de la mediocridad del “show”, que de justa lid pasó a transformarse en una suerte de reallity, mezclado con el peor espectáculo de catch con final previsible, sumadas leves pero intensas “dosis” de artes marciales mixtas, camufladas de “rigurosidad en la marca”.


La parcialidad hace de las suyas. Mecanismos como el VAR, llegados a aportar “el veredicto de la tecnología” a fin de dirimir el fallo de los árbitros, al momento de aplicarse, acabó convertido en el más sofisticado cartabón para inclinar la balanza, so pretexto de penales inventados u off sides harto pasivos, causados por un insignificante empeine de ventaja.


¿Y la gente? ¿Los abuelos llorando sobre las gradas, al ver irse al descenso el equipo que veían décadas atrás junto a padres, tíos, abuelos, amigos? ¿Los niños, gritando a la par de los adultos, moqueando ante el fracaso deportivo como si asistieran a un drama que no les pertenece por cuestión de edad? ¿El ansia del campeonato en ciernes, a punto de acabarse? No importan.


Los derechos de televisación, la venta de prendas, de objetos alusivos, el marketing de las redes, son el reemplazo perfecto de antiguas emisoras dando cátedra de lenguaje y del simpatizante presencial. ¿La razón? Porque no se quejan. El público pasó de protagonista a convidado de piedra. Es el sobrado, el excedente casi innecesario de la enorme olla sancochera. Ahora, la plata grande pasa por distintos carriles.


Entonces, después de todo; ¿qué importa si el hincha puede o quiere pagar la boleta?








*Periodista, escritor, poeta y cantautor. Director general de Diario EL POLITICÓN DE RISARALDA y de su suplemento, ARCÓN CULTURAL. Integrante de ¡UYAYAY! COLECTIVO POÉTICO, así como del CÍRCULO DE POETAS IGNOTOS.

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