Escritora y poeta, Carolina Hidalgo, presentó su nuevo cuento


A poco de haber dado a luz a su primera hija, Freyja Aluna, la Licenciada en Español y Literatura de la Universidad Tecnológica de Pereira, quien además ostenta un magíster en investigación en Estudios Culturales con énfasis en Literatura Hispanoamericana, vuelve a sorprender tanto a propios como extraños esta vez con la fuerza de un relato corto, pero no por ello menos contundente.


En homenaje y reconocimiento a la autora de "Yuyos de Paso", entre otros poemarios de importancia para la dramaturgia pereirana, el suplemento ARCÓN CULTURAL a través de Diario EL POLITICÓN DE RISARALDA quiso exaltar su enorme talento, activismo en favor de los derechos de la mujer, junto a la enorme vocación que la impulsa hacia distintas obras en procura del bien común.


NOS ESTÁN MATANDO (Cuento)

Por CAROLINA HIDALGO


Salí de la casa. Un hombre de camuflado esperaba en la esquina. De soslayo pude intuir que me miraba fijamente, mientras apuntaba un revólver. Mi terror fue tan severo que me recosté en la acera contraria, y a la puerta de una vecina, aceleraba mis manos palpando al encuentro mi casa.


En el noticiero: Los Ufanadores inician el principio de la moda: empezaron fumando por encima del hambre de los chicos.


Después de las dos de la tarde, mi madre se encuentra desesperada, echándome a la calle, no de mal manera.


No acierto, por qué los Ufanadores sostienen aquella soberbia de cínicos cuando despreciando la "diversidad cultural” obligan a escoger salidas en inesperada decisión.


“La noche anterior: un grito de mujer, las moiras dionisiacas de un beso le querían arrebatar el color de sus labios. Llora y se sacude. Nosotras incapaces de preguntar por las razones de tan desgarrado sueño. Quedamos eléctricas. Los Ufanadores habían calculado la mentira destruyendo los bosques a razón de un lugar”.


El mundo había albergado desde sus principios un espacio para todos. De repente, la puerta se abrió y fui a dar adentro. Mis padres me recibieron en un abrazo. No dudé en cerrar todas las entradas de acceso a la casa. Asfixiada les decía que tuvieran cuidado:


─Alguien me vigila afuera─ les repetía; ellos no entendían mis afanes, mi madre impulsada por la curiosidad se asomó a la ventana para asegurarse de mis comentarios:


─Por supuesto, hay un hombre de tez blanca, cerca. No para de mirar hacia acá. Prendió una vela.


Mi padre me decía:


─Elvira nada te sucederá, nada. No lo permitiremos.


Y colocó dos bolsitas de manzanilla en agua caliente:


─Todavía es tu deber situarse en tu cordura; embarcar tus palabras por la Madre Tierra como una historia memorable.


(Publicado originalmente en el portal Nueva Gaceta y

reproducido con expresa autorización de la autora)

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