¿Hasta donde quieren llegar estos delincuentes?, por CARLOS ALBERTO RICCHETTI


Escribe: CARLOS ALBERTO RICCHETTI*


Se dice que no todo tiempo pasado fue mejor y es cierto. Los recuerdos de la infancia, de la mesa familiar repleta, el nacimiento de un hijo, la boda con la mujer amada, son algunos de los pretextos por los cuales la vida merece ser vivida.


Fuera de esas salvedades, lo bueno de esta época con su polarización, exigencias ya no por haberse vuelto masivamente “de izquierda” sino a causa del desprestigio de la clase política, es comenzar a preguntarse cuándo los colombianos vivieron bien.


Sin hacer una interminable sucesión cronológica de los acontecimientos históricos, a fin de no hastiar al calificado lector, ni generar sospechas sobre la presunta “filiación marxista” del presente artículo, desde los tiempos de la independencia hasta la actualidad los gobernantes poner a elegir a los ciudadanos entre lo peor y lo mejor, en lugar de hacer bien su trabajo.


Hoy es posible comprobar en carne propia las consecuencias de dicha justificación permanente, de arrojar el balón hacia adelante, de arribar a soluciones superficiales, a veces malintencionadas, dejando de lado las cuestiones de fondo como si en realidad se buscara pintar una pared que necesita ser revocada. A simple vista, parece quedar casi nueva, pero con el paso del tiempo vuelve a jugar su paulatino deterioro.


Comedia


Para muestra, un botón. En pocas palabras, gracias al fracaso inducido de los Acuerdos del Caguán fue posible el advenimiento del uribismo y la mayoría de los colombianos, pretendiendo acabar con el deterioro de un orden público nunca recuperado en la práctica, en realidad cambiaron de verdugo.

El 61% del producto bruto interno asignado al presupuesto militar – policial, no pudo vencer ni anular el poder de la insurgencia a pesar de los duros golpes propinados hacia sus distintas estructuras. La famosa frase de “ahora gracias a Uribe podemos pasear”, no logro impedir que en un número de setenta sobre cien la mayoría de los secuestros se sigan produciendo en las rutas de todo el país, las extorsiones; el asesinato de dirigentes políticos como los diputados del Valle o el permanente atentado contra la seguridad, el bienestar general de los ciudadanos de a pie.


Desde luego, no hace falta presumir del genio táctico de los comandantes de las desmovilizadas FARC, del ELN, defenestrar la capacidad táctica de la Fuerza Pública, para suponer con justa lógica que un modelo político sustentado en garantizar seguridad pueda destruir su principal bandera electoralista. El mismo Evangelio en el célebre Sermón de la Montaña pronunciado por Jesús de Nazaret, establece que ningún reino puede luchar en contra de sí mismo. Excepto en caso de no querer ganar, porque le conviene más “continuar con la función” en vez de hacer bajar los telones.


Justificación


En su desespero harto comprensible, con el afán de escoger entre “el menor de los males por obra y gracia” de los mejores culebreros de la historia nacional, los colombianos no sólo siguieron siendo rehenes de los desmanes de las guerrillas, sino de los paramilitares, del narcotráfico, junto a la ramificación de estas asociaciones para delinquir al interior del Ejército, la Policía, los gobiernos de turno.


Pobre de aquel atreviéndose a denunciar estas maniobras. Mínimo, se lo tildaba de “guerrillero vestido de civil”, de “andar hablando mal de Uribe, de Colombia”, de “estar en contra del país”. Los perfilamientos, la satanización, la fiebre de perfilar, tornaba imperioso darse vuelta en la silla de los tinteaderos a comprobar quienes estaban a la espalda de quienes se atrevían a criticar la situación económica apremiante.


No había nada que hacer. Millones de colombianos habían firmado de antemano un pacto con el diablo a cambio de la presunción de tranquilidad, aunque haya sido el auténtico responsable de la tortuosa situación creada.


El sueño de los dueños del poder de poner a “eructar pollo” a los que no probaron bocado, pareció convertirse en realidad como nunca antes. De igual modo, pagar el precio de vivir en la miseria, de la precarización de la salud, de soportar la destrucción de la educación, del crecimiento del desempleo crónico, de la flexibilización laborar, de resignarse a vivir en la incertidumbre de un sistema económico pre capitalista feudal. De subsistir sin un mínimo índice de dignidad, de justicia social, de asumir la renuncia pasiva a los derechos, las libertades fundamentales desde la de votar a conciencia hasta la de poner el pan sobre la mesa.


Todo era válido a cambio ya no de la seguridad, sino de su falsa sensación. Eran “Uribe o los comunistas y volver Colombia como Venezuela”. De allí en más, se “pusieron de moda” los “muertos buenos”, los “muertos malos”, la justificación del crimen, de las masacres, de las violaciones a los derechos humanos con el consentimiento tácito, cuando no alevosamente cómplice de gran parte de la población, sirviendo como transmisores anónimos gratuitos a ese despropósito.


Reiteración y repetición


Pasaron veinte años. Muchos de quienes pensaron en la conveniencia del “trueque de bienestar por tranquilidad”, votaron por la recuperación del orden público, al tocar fondo “descubrieron” que el bienestar general, la paz, la prosperidad, el desarrollo, se construyen a partir de la satisfacción de las necesidades materiales y espirituales.


Nadie llama a los bomberos, a los militares, a los policías, cuando necesita comer un sancocho. Quizás esto sea posible para los que detentan el poder político, carentes de la incertidumbre a la cual someten a las mayorías, aunque lo peor sea tener entre ellas, aun atravesando graves carencias al punto de no tener donde caerse muertos, a algunos capaces de seguir creyendo en estas mentiras después de lo acontecido.


Conscientes del daño provocado desde el comienzo, aterrorizados de las consecuencias, de las responsabilidades a asumir, de la posibilidad de perder la suma de los recursos mal habidos, los encargados de mantener a Colombia en el subdesarrollo, la informalidad, la violencia, pueden perder sus privilegios.


La clase política continuista, el empresariado cómplice, los industriales o banqueros ruines, los terratenientes despojadores mafiosos, los especuladores jugando a la ruleta con el dinero de la educación, de las pensiones; las cincuenta y cuatro familias compuestas de alrededor de cuatrocientas personas, tienen motivos para estar inquietas. No por temor al comunismo, ni el castrochavismo que ni ellos se creen. Los desvela la posibilidad de mayor inclusión social, transparencia, oportunidades, porque forjaron el modelo político – social – económico desde la perspectiva de la dependencia de la ciudadanía de clase dirigente.


Si de la noche a la mañana hubiera pleno empleo, cada uno tuviera cubierta sus distintas necesidades, los directorios aparecerían vacíos. Nadie vendería el voto a cambio de un plato de lentejas.


Por esa razón, pretendiendo infundir miedo a acabar de una forma de gobernar tortuosa, lesiva al interés de amplios sectores de la población, el continuismo se disfraza de cambio, de renovación, a fin de impedir a través de la fuerza, del fraude electoral, de la mentira, la transformación exigida por el pueblo de sepultar para siempre un modelo de país agotado e inmerso en una crisis terminal. Aunque los más avispados le achaquen culpas a la pandemia, el estancamiento de la economía mundial, la guerra ruso – ucraniana, existe la decisión irrevocable de dejar de ser perros, de arrastrarse, en lugar de apenas atinar a cambiar de collar o dueño.


Colombia arriba a esta situación a causa del robo, del desfalco, de la corrupción, de la reactivación de conflicto armado interno con sus costes, el fraude patrimonial, el acaparamiento de tierras, las contrataciones fraudulentas. Otros motivos de la decadencia son los fallidos tratados de libre comercio arruinando al productor local, la importación tanto de materias primas como manufacturas con posibilidad de producirse en el país, las pésimas políticas económicas. ¿Y los causantes de la ruina nacional van a ser capaces de impulsar un cambio genuino?


Una duda más, sin pretender atacar personalmente, de desmerecer a uno de los aspirantes presidenciales. Si hay hasta el momento cuarenta y cinco de las casi sesenta familias que invistieron a los gobernantes en los últimos ciento cincuenta años, en asociación con el gobierno uribista saliente, el Centro Democrático, los clanes más corruptos del país, el paramilitarismo, el narcotráfico, comandantes de la Policía Nacional, altos militares del Ejército o demás, apoyando a Federico Gutiérrez; ¿puede los culpables de esta catástrofe impulsar cambios? ¿Acaso alguna mejoría, cuando hacen parte fundamental del actual caos reinante?


Rebasando el vaso


La extradición de alias “Otoniel terminó de hacer estallar en pedazos la hipocresía, la doble moral en la actitud y el discurso del continuismo tradicional.


Al tiempo que sus partidarios se “desgarraban las vestiduras” hablando del Paro Nacional, de la necesidad de reprimir a los “vándalos” supuestamente financiados o con el apoyo de la guerrilla del ELN, de las disidencias de las antiguas FARC –es decir, por los grupos insurgentes con los cuales se reparten el suculento negocio del tráfico de armas, de drogas, además de colaborarles a la hora de salir a vender seguridad- se llamaron a silencio durante las jornadas del Paro Armado.


La medida, adoptada por el grupo paramilitar Autodefensas Gaitanistas de Colombia en “protesta” por la extradición de uno de sus máximos comandantes, hallado culpable de nexos con el “Clan del Golfo”, junto al bloqueo de vías, obligó a paralizar las actividades comerciales, las reuniones públicas, los eventos lúdico - recreativos, las transmisiones radiales, la circulación de personas, los actos proselitistas en tres departamentos. Esto sin contar el asesinato de un comerciante por negarse a cerrar su negocio y el incendio de sesenta vehículos, incluidos camiones.


A diferencia del Paro Nacional, donde al margen de la infiltración de elementos marginales o provenientes de la fuerza pública las marchas eran pacíficas, encabezadas en especial por jóvenes. En desafío al peligro latente de la pandemia del COVID – 19, con el riesgo de la brutal represión que sobrevino después a manos de la troica Gobierno – Policía – Ejército – paramilitares, los motivos de las expresiones de inconformismo se encontraban en el marco legítimo de la legalidad.

Los propósitos resultaban claros. Dos millones de personas salieron a manifestarse contra la reforma tributaria, el alto costo de la vida, el asesinato de líderes sociales, las medidas represivas. Recién cuando la violencia paraestatal comenzó a cobrarse víctimas, a los jóvenes les tocó armarse en la denominada “Primera Línea”. No lo hicieron con armas, sino cascos, escudos defensivos, a lo sumo piedras o palos para defenderse del ataque desigual de las balas de goma, de las armas automáticas disparadas por el escuadrón ESMAD, los soldados, policías, actuando con el apoyo logístico de paramilitares desde autos o motos sin identificación.


“Para” no mata “para”


El establecimiento entero, desde los partidarios del Gobierno a los cómplices gratuitos del ajuste, el genocidio de compatriotas y el terrorismo paraestatal, se dedicó a defenestrar las veinticuatro horas del día a los marchantes, a los organizadores, a los maestros, los sindicatos, a los propósitos de las manifestaciones. Las mentes más prodigiosas podrán evocar los llamados públicos al escarnio, la eliminación sistemática, carentes de pudor.


En cambio, aquellos llamando a triplicar la sangre de los jóvenes en las calles al atreverse a exigir tener futuro en su país rico vaciado por una minoría de incompetentes con dinero, guardaron silencio al momento de la asonada paramilitar. Provistos de armamentos e insumos facilitados por el Gobierno, los utilizaron contra el pueblo y de “ñapa”, le apuntaron a los “viejos socios” que ayudaron a montar en la Casa de Nariño, cuando le extraditaron el jefe a los Estados Unidos para evitar que declare la verdad ante la JEP.


¿Dónde estaban el Presidente Iván Duque o el polémico general Enrique Zapateiro, señalado de ordenar ejecuciones extrajudiciales conocidas como falsos positivos, que no se manifestaron condenando los hechos? ¿Por qué razón, como sí hizo con la juventud el ministro de defensa Diego Molano, no envió al ESMAD, a la fuerza pública a desbloquear las rutas, a “salvaguardar” la propiedad privada, la integridad de los habitantes de los municipios sometidos? ¿Cuál habrá sido la causa de no haber salido el uribismo, los partidarios del Gobierno, a hablar de desintegración, de autoritarismo, de socialismo del siglo XXI, del “complot venezolano” hacia la “democracia colombiana”? Es deducible. Entre bueyes no hay cornada, ni sarna con gusto pica.


Nadie pudo definirlo mejor que el dirigente, defensor de derechos humanos, periodista, corresponsal, poeta, escritor y poeta, oriundo del departamento del Quindío, Jhon Jairo Salinas: “En el paro del año pasado convocado por las Centrales Obreras, el gobierno sacó tanquetas, helicópteros, ESMAD, drones, ejército, milicianos de la gente de bien y tan raro, en el Paro Armando promovido por paramilitares al servicio del Clan del Golfo en Sucre y Córdoba, ni siquiera garantizó la presencia de un policía bachiller”.


La incompetencia del Gobierno, la ausencia de una clase dirigente a la altura de las circunstancias es tal, que resultan incapaces de garantizar el primer derecho humano –la vida- no sólo de cualquier habitante común, sino la seguridad de cuanto venga a contravía de sus intereses, como en el caso de Gustavo Petro.


¿Alguien con dos dedos de frente podría albergar la menor esperanza de renovación, de cambio, de mejoría, de resultar elegido otro gobierno de idéntico talante al actual, conformado por los corruptos de siempre? En última instancia, si tras fracasar de manera estruendosa en materia política, socio económica, de resignar con alarmante ineptitud derechos soberanos sobre mares o territorios, además les resulta imposible mantener el orden público, su “carta de presentación” electoralista ante la sociedad; ¿hasta dónde pretender llegar estos delincuentes e inútiles de cuello blanco? Los colombianos, incluido el núcleo duro defendiéndolos, saben quiénes son, los reconocen. Entonces; ¿qué más podrían hacer salvo irse cuanto antes, como sea y a como dé lugar?


*Periodista, escritor, poeta y cantautor. Director general de Diario EL POLITICÓN DE RISARALDA y de su suplemento, ARCÓN CULTURAL. Integrante de ¡UYAYAY! COLECTIVO POÉTICO, así como del CÍRCULO DE POETAS IGNOTOS.


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