JHON JAIRO SALINAS, reserva moral e ideológica de las luchas populares


Una vez atiborrado en el respaldo de la silla, el hombre se dispone a solicitar un tinto a la mesera. Cómo la pierde de vista, abre el diario para hacer más amena la espera. Mira de nuevo a su alrededor. Más que a leer, vuelve a meditar las crónicas. Siente impaciencia. Al cabo de unos instantes, levanta los ojos. Hace un gesto de hastío. Los parroquianos entran, salen, se acomodan a ver deambular la nada. El murmullo conforma un lenguaje indescifrable, trascendiendo la atmósfera como una señal de humo india. El empleado detrás del mostrador, se agacha tras el ruido de la loza al chocar contra el suelo. A pesar de la humedad y del calor insoportable, la señorita de la propaganda antigua de cigarrillos “Piel Roja” sonríe a perpetuidad, crea la fantasía de guiñarle el ojo a quien la invite a sentarse, aunque muy pocos se aperciban de su singular presencia.


Un familiar susurro llama la atención del hombre desde la calle. Dobla el diario sobre la mesa. A través de la ventana, observa el paso acelerado de los peatones. Las gruesas gotas de lluvia pretenden hacer estragos. Los que no se refugian bajo un alero sobresaliente, se cubren la cabeza mientras corren a guarecerse en cualquier lugar. El vidrio comienza a empañarse, pero a través de sus ojos vislumbran un horizonte perdido, remoto. Un trueno lo remite a las inmediaciones de la finca “El Naranjal”, en la vereda “La Bella”, donde yace la tumba del poeta Baudilio Montoya, celebérrimo autor de “Querella de Navidad”. Bajo el plomizo cielo quindiano que descarga una ira feroz e inesperada, un niño se niega a sucumbir al estrépito del viento. La tormenta lo sorprende a medio camino, mojándole la ropa casi de inmediato. Los dientes le castañetean. Cruza los brazos sobre los útiles escolares, a modo de resguardarlos o de anidar el calor que parece abandonarle el cuerpo de manera inexorable. Los pies, curtidos de andar a campo traviesa, se le embarran. Indefenso y desgarbado, se dirige rumbo a la escuela “La Albania”. Sabe que lo aguarda un extenuante camino. Avanza tambaleante. No cenó, ni desayuno. Aún desconoce si almorzará, pero no le importa con tal de llegar a destino. Tamaño esfuerzo impone el premio más ansiado: Cuando la insensibilidad de las piernas parece impedirle arribar a clase, avista la silueta de la escuela, asomando por arte de magia detrás de unos juncos retorcidos. Son escasos los alumnos dentro del aula. La maestra ignora si esa mañana llegarán todos. La puerta se abre y el niño, extenuado, sin aliento, apenas atina a sentarse.


Afuera llueve a cántaros. En la intercesión de la carrera veinticinco con la calle treinta y nueve, varios carros estallan en furibundos golpes de bocina. “¿Qué va a tomar?”, interroga la mesera. El niño vuelve a transformarse en adulto. La persona que aguarda todavía no llega. La mesa contigua reúne a siete personas. Cinco beben café; el resto aromáticas de cidrón. Hablan de política. El lustrabotas deja caer el cajoncillo de madera. El ruido hueco delata el metálico recipiente de betún en el interior de alguno de los compartimientos. El hombre gira el cuello para perseguir el origen del impacto. En lugar de los zapatos del cliente, halla el borrador que la maestra dejó escapar de la mano. “Jhon Jairo Salinas… ¿Se encuentra bien?”. “Si, señorita”, responde de manera escueta. Por fortuna, el calor comienza a recorrerle el cuerpo. El pulso se le anima a regañadientes a escribir la fecha del pizarrón: Veinte de abril de mil novecientos setenta y seis. Como ocurre con la mayoría de los niños, pronto el entusiasmo va ganándole terreno al reciente malestar. Casi es mediodía. El sol asoma fecundo desde el horizonte. Es hora de salir, de reencontrarse con el amor de la abuela Irene Gómez y de la hermana de ésta, Ana, a cargo de su crianza. Ambas, le inculcaron el amor por los principales valores éticos y morales que debe albergar un futuro hombre de bien. El aroma del cilantro fresco excede la puerta. La sopa de papas nunca abundante, la diminuta porción de arroz, aguardan en la mesa recién servida. Abalanzándose, zambulle la cuchara en lo profundo del caldo. La extrema apetencia lo hace quemarse. La abuela Irene le advierte que no la saludó al entrar. Entonces el niño se lanza a darle un beso, así como también a la tía Ana, la cual sale de la pieza contigua. Luego, en un abrir y cerrar de ojos, acaba de almorzar. Sabe que debe intercalar los estudios con algunos trabajos informales, a fin de contribuir a la manutención del hogar. Los magros ingresos de la madre, quien se desempeña en diferentes ocupaciones, nunca terminan de ser suficientes. De todas maneras, lejos de dejarse avasallar por el resentimiento, Jhon Jairo Salinas fue educado en un amplio sentido del compromiso solidario, expresado en la responsabilidad de asumir obligaciones que exceden a las de otros niños de su misma edad. Al margen de las continuas necesidades económicas, conoce el significado de la honestidad, de la palabra empeñada, de responder con la verdad sin importar las consecuencias. El alma del futuro dirigente político se va templando, aunque él lo ignore y asuma sus tareas con alegría, por el hecho de sentirse importante, útil, sirviendo a los demás.


El delicado sonido de la taza de tinto al ser ubicada a la izquierda del diario, lo rescata de los confines de la mente, acostumbrada a evocar el pasado. La impaciencia desaparece. La blanca mancha de azúcar humedecida, ni bien toca el océano de cacao, se sumerge al igual que Moby Dick, temerosa de la acción de la cuchara, la cual forma un remolino donde naufraga la dulzura. Una abeja vuela en círculos alrededor de la boca humeante de la taza. “¡Que hubo, Salinas!”, saluda al hombre un vendedor de libros maduro que atraviesa la ventana. “A ese hombre lo conozco desde que llegué a vivir aquí, en mil novecientos setenta y siete”, musita mientras bebe el café, sorbo a sorbo, sin bajar el brazo extendido. Prefiere recordar las circunstancias exactas que lo obligaron a partir de “El Naranjal”. El perfume de la panela de una expendedora de refrescos, lo sitúa en el momento preciso. Dentro de la azucarera, converge la imagen de la madre, la tía y la abuela, hablando del asunto en el comedor. La cuestión de prosperar no podía ser pasada por alto. Calarcá constituía algo más que una promesa de empleo. Implicaba prosperar, mejorar las condiciones económicas, complementar la educación del niño para asegurarle un porvenir. Hacia el ocaso, el veredicto de mudarse a la “Villa del Cacique” había sido aprobado unánimemente.


No más pies desnudos. A los once años, Jhon Jairo Salinas exhibe orgulloso su primer par de zapatos. Concurre a la escuela Ángela Ortiz, bautizada en homenaje a una de las maestras pioneras a la hora de impartir clases, donde ahora reside junto a la familia. No obstante, la situación económica dista de ser la mejor y tiene que seguir trabajando. Las agobiantes jornadas al conjuro de las inclemencias del sol, escogiendo café de una trilladora, humanizan aún más la personalidad de un niño que se encamina a convertirse en joven. Trabaja durante poco tiempo en dicho oficio, pero la convivencia con los trabajadores del campo lo hacen testigo de sus amargas realidades. Comprende que existen hombres con peores problemas a los de él, condenados a laborar sin descanso a cambio de sueldos injuriantes, sometidos a la más descarnada explotación, a condiciones indignas. Son los tiempos del gobierno liberal de Julio César Turbay Ayala y del Estatuto de Seguridad, sólo superado a nivel represivo por el de Seguridad Democrática de Álvaro Uribe Vélez. Por lo tanto, comienza a ponerse de moda acusar de subversivas a todas las voces que se alzan denunciando la grave situación social, el atraso, la parálisis y el estado de descomposición por el cual transita el país en los diferentes órdenes. El alza de los precios tiende a encarecer los principales productos de la canasta familiar, apuntando a los estratos más humildes. Para cuando ingresa a cursar el bachillerato, ya se desempeña como mensajero o cargando mercados. Los escasos frutos obtenidos de ganarse el pan con el sudor de la frente, del cansancio físico y mental, los destina a los gastos de la casa, a costearse los estudios.


Los efectos del modelo económico se profundizan. Hacia mil novecientos setenta y nueve, Salinas conoce a Nelson Guzmán Baena, vecino de la casa y militante de la juventud del Partido Comunista de Colombia. La incipiente amistad con Guzmán, su poder de convicción, la calidad de su verba antológica, pronto hacen que vea sustanciarse en palabras, aquello a lo cual antes no le hallaba explicación, ni llegaba a percibir de manera estructurada. En los comienzos de los ochentas, la concepción de un mundo bipolar, las tropelías del capitalismo salvaje, de la mal llamada “libre empresa”, la búsqueda de una mayor equidad, de ampliar la participación del pueblo en las grandes decisiones, convocaron a gran parte de la juventud a abrazar ideas radicales. Como no podía ser de otra forma, Salinas adhiere a dichas causas porque las considera justas, frente al sistema que dista de serlo. A su lado, evidencia el sufrimiento de la gente, víctima de hechos ante los que sólo puede callar o revelarse, allanándose de este modo el único camino hacia una mejor existencia. En las palabras del nuevo amigo, halló sin querer la síntesis de una vida marcada por el sacrificio y el ansia de tender la mano a los semejantes: “Renunciar a la lucha, es renunciar a la vida, ya que la vida en sí misma es lucha”.


Por petición expresa suya a Guzmán, este le pide permiso a la madre para que Salinas lo acompañe a pegar afiches. La campaña de Carlos Enrique Cardona, a la postre primer concejal electo por el PCC, lo hace sentir en la vanguardia de la militancia política. El sueño de levantar la bandera de los desposeídos, lo entusiasma. No había leído a Tolkien, aunque experimentaba la sensación de ser el héroe juvenil de una epopeya romántica, batiéndose como un príncipe encantado contra las huestes del mal. A tal efecto, le prestan el libro “Las Cuatro Espadas del Comunismo”. Dista de comprender a ciencia cierta muchos de sus conceptos. Tampoco le preocupa demasiado. Está seguro que el futuro le pertenece. Guzmán le presenta a un oficial zapatero, apellidado “Yanguas”, al cual comienza a admirar y lo introduce en el ideario clásico de la escuela comunista que funcionaba en el seno de la juventud del partido. “Yanguas” fallece años después. Su muerte parece una pérdida irreparable, pero según aprendió del “viejo maestro”, “la rueda sigue girando, el camino continúa, la organización vence al tiempo. Los hombres no”. El gobierno Turbay Ayala, acosado por el desprestigio nacional e internacional, pasó sin pena ni gloria. Las reminiscencias de su estatuto, en cambio no. Lo sucede el conservador Belisario Betancourt.


En mil novecientos ochenta y cinco, siendo un adolescente consustanciado en la realidad del país, pasa a conformar la gigantesca legión de militantes de la Unión Patriótica, la famosa “UP”. Hace lo de siempre: Trabaja, estudia, participa activamente en política, poniendo todo el empeño en procura de una Patria Justa, Libre, Soberana. Contribuye a difundir la campaña de Jaime Pardo Leal, candidato a la presidencia de la República. Las elecciones las gana el liberal Virgilio Barco Vargas. La “UP” obtiene un meritorio tercer lugar, alcanzando la suma de trescientos cuarenta y cinco mil votos. El clima político se enrarece. Pardo Leal denuncia los nexos entre el gobierno, las fuerzas armadas y el naciente paramilitarismo ultraderechista. El status quo no podía permitirse la existencia de una izquierda floreciente, ni mucho menos con poder de convocatoria. El acuerdo de paz con la oposición es una trampa. En mil novecientos ochenta y siete, el país se conmueve con el asesinato del propio Pardo Leal. La sed de sangre llega más lejos. Durante los próximos años, el objetivo de los verdugos es más que elocuente: borrar a la Unión Patriótica del mapa electoral. Al tiempo que mueren nueve congresistas del mencionado movimiento, Salinas concluye el bachillerato y se traslada a Palmira, Valle del Cauca, a trabajar como empleado en una fábrica de muebles y colchones.


De inmediato se contacta con la militancia local de la “UP”, alternando de nuevo las labores con el desempeño político. A esa altura, recibe la “prueba de fuego”, experimenta como un mesías de los tiempos modernos, el dolor de quienes osan enfrentar la industria del poder. Sin justificación alguna, mientras pegaba afiches aludiendo a la campaña de Bernardo Jaramillo Ossa, Jhon Jairo Salinas es detenido junto a dos jóvenes estudiantes universitarias. Al ser interrogado, niega tener conocimiento de la identidad de quienes les hicieron entrega de los afiches. La Policía Nacional procede a torturarlo. El éxito de la picana eléctrica durante la dictadura militar argentina, estimula a las fuerzas colombianas del orden a implementar idénticos métodos. La utilización de la energía proveniente de la batería de un carro, lo demuelen, aunque no le arrancan la delación de sus compañeros. Tiene apenas veinte años. La ley lo condena a seis meses de cárcel. Allí se entera de la suerte de las dos muchachas, atormentadas mediante la aplicación de tenazas de amarrar cables en los senos. La excusa por tantos daños, era que constitución de mil ochocientos ochenta y seis, vigente desde la época de la Regeneración de Rafael Núñez, no amparaba las garantías a los derechos humanos…


Salinas no se dejó amedrentar. Tenía causas de sobra para continuar en nombre de sus luchas. Esta vez se traslada a Armenia, la capital del departamento del Quindío, donde prosigue haciéndole campaña a Jaramillo Ossa. Pero el genocidio se intensifica. Sucumben asesinados Carlos Pizarro Leongomez, candidato presidencial del recién constituido grupo político AD- M19 y Luís Carlos Galán Sarmiento, del Nuevo Liberalismo. En ocasión de estar pegando afiches en Armenia, junto a varios compañeros, dos desconocidos descienden de un automóvil. Uno de ellos, le dispara a la imagen de Jaramillo recién pegada sobre la pared. Como si se tratara de una maldición vudú, el mismísimo Bernardo Jaramillo Ossa es liquidado poco después. La alguna vez promisoria “UP” se diluye. Es el triunfo parcial de la reacción contra la causa, porque Jhon Jairo Salinas y los sobrevivientes no se rinden, ni lo harán jamás. Detrás de la apariencia dura, inflexible, dogmática o sectaria, producto de una vida austera, colmada de privaciones, se encuentra el hombre sensible, de corazón y mente abierta a las opiniones de los demás, compenetrado en el compromiso social sacrosanto con el común de las personas. Por el contrario, a otros dirigentes, lleva la ventaja de haber superado el contexto ideológico de pasadas épocas.


La persona llega tarde a la cita. Al invitarle un café, quiere profesarle las experiencias acumuladas a lo largo del corto, aunque intenso camino. “Ante todo, no vaya a olvidarse nunca que los protagonistas de los grandes cambios de la humanidad no son los hombres, sino los pueblos, los cuales necesitan hallar, primero, las vías de su propia realización de acuerdo a factores idiosincrásicos e históricos”, le dice sonriendo. Hoy, Jhon Jairo Salinas es un cuadro político de proporciones casi míticas, constituyéndose en un verdadero apóstol de la tolerancia y la no violencia, pero por sobre todas las cosas, en la auténtica reserva moral de un movimiento como el Pacto Histórico, orientando a las jóvenes generaciones, inspiradas en el ideario de la Soberanía Política, acuñada a través de la Independencia Económica y la Justicia Social, como única alternativa válida de una Colombia Grande, Justa, Democrática, donde imperen el honor, la igualdad, para construir y hacer posible la felicidad de su gente.












*Periodista, escritor, poeta y cantautor. Director general de Diario EL POLITICÓN DE RISARALDA y de su suplemento, ARCÓN CULTURAL. Integrante de ¡UYAYAY! COLECTIVO POÉTICO, así como del CÍRCULO DE POETAS IGNOTOS.

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