Urnas reflejaron necesidad de cambios, por CARLOS ALBERTO RICCHETTI

Escribe: CARLOS ALBERTO RICCHETTI*


Como versa el epígrafe de un popular diario virtual de Risaralda, tomado del libro más trascendental de todos los tiempos, la Biblia: “Sólo la verdad nos hará libres”. Creencia en Dios mediante o no, la realidad objetiva demuestra que, al margen de pregonar lo inexacto, es imposible mantener una mentira por tiempo indeterminado. Lo cierto siempre aflora, surge, fluye.

No se equivocaron quienes durante los aproximadamente veinte años de su lamentable existencia, consideraron a la “uribersidad” el peor espejismo de la historia de los colombianos, capaz de vender la falsa ilusión de seguridad cuando al mismo tiempo alentaba a los sectores reaccionarios de la sociedad a violentar a las mayorías de múltiples maneras.

Hijo de los Acuerdos del Caguán, del fracaso de los diálogos de paz impuesto desde los Estados Unidos para imponer a su hombre en la región e intensificar las actividades del narcotráfico sin capo mafias intermediarios, con el Estado Colombiano asumiendo el papel en la comercialización del insumo ilegal, el uribismo se dedicó a vender seguridad instrumentar sus prácticas consabidas.

Para lograrlo debió acogerse al deber inmoral de hacer de la guerra una constante, crear la necesidad de indefensión suficiente para que amerite la búsqueda de algún protector sin importar de dónde viniese. En su enorme sencillez pragmática, a veces capaz de llevarlo a postergar los problemas nacionales a futuro, el pueblo colombiano logró encontrarlo pronto, así debiera venderle el alma al mismo diablo a fin de preservar la vida en medio del profundo deterioro de la situación de orden público.

Contexto propicio

A raíz de ese contexto, Álvaro Uribe Vélez, un discreto funcionario de presunta extracción liberal, polémico ex director de Aviación Civil con rumores de ordenar el envío de vuelos “cargados” de drogas; saliente gobernador del departamento de Antioquia con antecedentes de destitución por nexos con el narcotráfico o grupos paramilitares, emergió como una figura pública de primer orden.

Con la complicidad de los medios de comunicación masiva, fungió como el rostro detrás de la fuerte promoción de la legalidad. Con imagen de hombre prudente, sabio, dueño de un carácter, habilidad y astucia política indiscutible, el entonces mandatario supo disimular su fuerte talante punitivo, dictatorial, profundamente antidemocrático detrás de la imagen prefabricada del “dueño bondadoso de la hacienda”, atento a las necesidades de los suyos.

Desde luego todo superhéroe, paladín, protector o cómo prefiera denominarse, aunque sea inventado, precisa la visibilización de enemigos reales. Superman lo tenía a Lex Luthor, el Hombre Araña al Duende Verde, al Doctor Octopus, a Electro. James Bond a Goldfinger, el Doctor No, a Zorin. En cambio, Uribe lo encontró no tanto en Manuel Marulanda, “Tiro Fijo”, sino en las desaparecidas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, las FARC.

Dicha insurgencia, surgida de las entrañas del espíritu de las luchas populares legítimas, llevaban años desinteresadas en la toma del poder. Al creciente ritmo del paulatino abandono del aspecto ideológico, de su descomposición en calidad de verdadera insurgencia, del distanciamiento de la población por la cual decían pelear, autoproclamándose “ejército del pueblo se habían transformado en el “enemigo perfecto” del uribismo. Pero en especial, por disputarle el negocio del narcotráfico o de la venta de armas.

Enemigos circunstanciales y permanentes

Los golpes contundentes, reales y audaces de las Fuerzas Armadas tanto a las FARC como a su contraparte, El Ejército de Liberación Nacional (ELN), donde logró darse muerte o captura a los principales líderes, gracias labores de inteligencia, “compra” de cabecillas y de destinar hasta el 61% del producto interno bruto (PBI) al presupuesto militar, elevó tanto a Uribe a la condición de “estadista” como a la hipótesis de la solución del conflicto armado por la vía armada.

La consecuencia de tales conjeturas alevosamente erróneas, llevó al empoderamiento de los distintos sectores de la administración del país por parte de una clase política mercenaria, corrupta, mediocre, advenediza, cuya única ideología consiste en estar supeditada a la dirección del dinero en consonancia con el poder de turno.

En ese panorama, mientras las guerrillas sumaban otro oprobio al escarnio propinado desde el Estado, nuevos actores irregulares de la talla del paramilitarismo en todas sus variantes, actuaban en asociación con las Fuerzas Armadas o la Policía Nacional, al tiempo que la mayor parte de la clase dirigente se dedicaba a asaltar de forma deliberada las arcas del gobierno en todos sus niveles.

El progresivo deterioro de servicios básicos como la educación, la salud, el aumento alarmante del desempleo, a la destrucción de conquistas laborales centenarias, de las condiciones dignas de trabajo en el campo y la ciudad, necesitaba complementarse con una amplia demostración de resultados. De esa manera, con las botas de goma al revés, vestidos de fajina tras ser masacrados, no sólo comenzaron a aparecer los cuerpos sin vida de cuantos se opusieran a lo que en la práctica era una verdadera dictadura, sino los de personas inocentes con capacidades especiales, testimoniando el “éxito uribista” en la lucha antisubversiva.

Lo que el Gobierno denominó “seguridad democrática”, no era ni lo único ni lo otro. Se trataba de silenciar cualquier conato de oposición con la complicidad de empresarios, industriales, ganaderos, terratenientes, esmeralderos, gamonales y hasta poderosos hombres vinculados con el negocio de la droga o las armas. De esa forma frente a los fusiles de los “guardianes del orden” fueron pasando maestros, sindicalistas; líderes sociales, afrodescendientes e indígenas; dirigentes opositores. En suma, quienes alzaran la voz por sus derechos inalienables, denunciando de paso la carnicería que estaba teniendo lugar en toda la geografía colombiana.

Hasta el propio Uribe declaró ante la prensa que el principal partido de oposición de comienzos del actual siglo, el Polo Democrático Alternativo, “estaba integrado por guerrilleros vestidos de civil”. A su vez, el estado iba adquiriendo cada vez mayores matices de estilo policial, donde resultaba difícil manifestarse abiertamente en lugares públicos sin ser amonestado por ciudadanos creyendo defender en el uribismo su derecho a la vida, cuando nada resultaba más lejano ni contradictorio. Ello, si no se tenía “la fortuna” de toparse con algún paramilitar, cualquier dirigente oficialista o civil común, corriendo la voz de “hay uno hablando mal de Colombia y del Presidente”, con el propósito de “hacer mérito” al interior del “cartel de los sapos” emergiendo de un país pareciendo estupidizarse cada vez más.

Políticos opositores como Piedad Córdoba, Germán Navas Talero, Senén Niño Avendaño, Iván Cepeda, Aida Avella, Alexander López, Gustavo Petro, por citar unos pocos nombres, fueron objeto del escarnio público. No a causa de sus ideas solamente, sino por denunciar a viva voz los graves escándalos de corrupción, paramilitarismo, asesinatos, expropiación de tierras públicas, contrataciones, negociados, aduanas paralelas, desplazamiento masivo de pueblos enteros, junto al vaciamiento del cual era objeto la Nación por parte de un gobierno vinculado al crimen organizado de manera abierta.

Dos décadas

Debieron transcurrir algunos años para que quede en evidencia la inviabilidad de un régimen narco paramilitar violento e intolerante, haciendo evidente el agotamiento de un sistema estigmatizando a los pobres de los cuales vive, retroalimentando la dependencia de amplios sectores de la población del “flaco favor” de los menesterosos quedándose con cuanto les corresponde por derecho.

En su enorme sabiduría, hombres como Mahatma Gandhi afirmaron que “tarde o temprano, los tiranos caen”. No se trata de la conjetura simple de aquel encargado de “hacerlas”, tarde o temprano las paga, ni por la creencia mesiánica de la justicia divina, aunque para quienes crean resulte evidente. Las demandas sociales no son polvo para esconder debajo de las alfombras. Tampoco se apagan con balas, a fin de asegurar mano de obra “joven y barata”. Los cartuchos son siempre más costosos que el arroz, la papa, la yuca.

En algún momento, ya sea por el agotamiento económico, social, político, cíclico, cuando se prioriza el mantenimiento de la seguridad, del bienestar de las minorías por encima de la generación de desarrollo, de inclusión o justicia social, la sociedad entera hace aguas. Ni hablar si existe una administración pésima, corrompida e incompetente, encima golpeada por las fluctuaciones de las crisis mundiales y “de postre”, la pandemia del COVID – 19. Por el contrario, si persiste el empeño de construir castillos, palacetes lujosos en base a la miseria generalizada, donde volverse hampón, prostituta, sicario, narcotraficante, corrupto, deshonesto, simulan ser la única salida, más tarde que temprano esa sociedad va ser como una bomba de tiempo, presta a salir volando por los aires de un momento a otro.

La llegada del Pacto Histórico al poder en forma masiva durante las pasadas elecciones parlamentarias, están lejos de ser una casualidad. Sería absurdo suponer que el pueblo colombiano, a pesar de haber huido de la “democracia uribista” del mercado libre a la “Venezuela del socialismo del siglo XXI”, se haya vuelto “castro chavista” o “desagradecida”. En la frugal dieta colombiana de arroz, papas, fríjoles, huevos, los precios se fueron a las nubes, sin contar la carne, los artículos de primera necesidad. El alza del dólar, la destrucción del aparato productivo con la complicidad de los delincuentes comunes de los últimos gobiernos, firmando tratados de libre comercio desventajosos, la sustitución de los cultivos autóctonos, llevaron a importar muchos productos producidos en el país. Pero ni siquiera eso es útil, cuando la gente no tiene recursos para adquirirlos.

Durante el Paro Nacional de 2020 salieron a las calles a manifestarse dos millones de personas en cifras oficiales, aunque probablemente más. Muchos de los marchantes, sin lugar a dudas, votaron al “ungido” de Uribe, Iván Duque Márquez, para evitar que “Colombia no se convierta en otra Venezuela”, le dijeron “no” a la posibilidad histórica del país de terminar con ochenta años simultáneos de violencia. ¿Los convencieron los discursos, las ideologías, las mentiras de siempre, repetidas como loras mojadas? Nada que ver. La verdad es hija del tiempo y no tiene mejor portavoz que los estómagos vacíos, la falta de oportunidades, la imposibilidad de vivir con un mínimo de dignidad, junto a la mentalidad de las nuevas generaciones interesadas en recuperar la Colombia que se dejaron robar sus padres o abuelos.

Ese fue el tiro de gracia de Uribe y el uribismo. Ya no por ser la causa de todos los males, pero sí la máxima expresión tanto de su decadencia como apogeo. El relevo generacional se lleva como la temporada de lluvias a las viviendas precarias, los espíritus conservadores, reaccionarios, sumisos, vengativos, encartados en devolver el golpe recibido en sucesión interminable de “toma y dame”, aunque despectivamente se refieran a los jóvenes como la “generación perdida”. Se equivocan, igual a cuando eligieron e incluso, reeligieron un mesías asesino, déspota, blasfemador, al momento en el cual decidieron voluntariamente hacer parte de su iglesia infame.

El cadáver del uribismo hiede. Apenas falta su entierro por parte de las altas demandas sociales. A lo sumo, le quedan algunas patadas de ahogado matando el mayor número posible de líderes sociales, ensuciando a sus detractores. No mucho más. Lo peor será el desmonte piedra por piedra, de su nefasto legado y si pretende impedirlo en las próximas elecciones presidenciales mediante el fraude, podrá retrasar poco tiempo más lo inminente.

Uribe, el uribismo, la mentalidad uribista, junto a su tendencia a la bestialización social típica de los antiguos fascismos, serán sepultados por la historia, la realidad, la inteligencia, el desarrollo de un pueblo colombiano a las puertas de ser masivamente consciente de sus derechos, exigiendo paz verdadera, justicia imparcial, respeto a su integridad, pleno empleo, salud garantizada, educación gratuita, democracia con índices elementales de equidad y justicia social.

Falta mucho. Llevará décadas ir encontrando los contextos adecuados para seguir avanzando. Se trata de comenzar a transitar un nuevo camino hacia la tan merecida prosperidad de un pueblo en extremo paciente, laborioso, noble. El proceso indetenible, excepto en la trasnochada nostalgia de los delincuentes de siempre, al recordar los “felices tiempos uribistas” en los cuales desangraban el país a destajo y les alcanzaban las mentiras del falso “gran colombiano” para vivir como reyezuelos impunes, caprichosos, a expensas del esfuerzo de quienes menos tienen.

*Periodista, escritor, poeta y cantautor. Director general de Diario EL POLITICÓN DE RISARALDA y de su suplemento, ARCÓN CULTURAL. Integrante de ¡UYAYAY! COLECTIVO POÉTICO.

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